Calle de Almudena, mucha historia en pocos metros

Curioso canalón | LUIS DE LA CRUZ
La Almudena es una pequeña calle que comunica Mayor con Bailén, hace escuadra y casi uno sospecharía de su condición de calle si no fuera por las historias que atesora.
Cuando la calle se llamaba callejón de la Almudena -antes de la demolición de la iglesia en 1808- el lugar era un pasaje muy transitado de Madrid, ya que comunicaba los lugares reales con Mayor. Con el trazado de Bailén (que coincide con la extinción de la iglesia) y con muchas demoliciones y cambios de trazados en distintos momentos la calle ha quedado casi como una pequeña anécdota cargada de ecos del pasado.
El nombre y la historia (y leyenda) de la calle
Parte de la callecita, junto a terrenos que se comió Mayor en su ensanche, pertenecían a la que en un momento se conoció como calle Chica de la Almudena, lugar de reunión de los plateros de la ciudad.
Calle, calle chica, callejón, iglesia de la Almudena… como se puede observar, el nombre ha acompañado desde hace mucho tiempo al lugar, y nada tiene que ver con la cercanía de la catedral (muy posterior) a pesar de que la placa que actualmente da testimonio de que allí se encontraba la iglesia contiene equivocadamente un dibujo de esta.
Se cree que el nombre proviene de almudit (alhondiga de trigo) en referencia a un depósito de cereal que según la leyenda había en la muralla árabe. Al demoler esta tras la reconquista habría aparecido allí una imagen bizantina de la virgen.
Sendas placas dan noticia de hechos importantes que acaecieron en la Almudena: el asesinato de Juan Escobedo, secretario del Consejo de Hacienda con Felipe II y la detención por parte del mismo rey de la célebre Princesa de Éboli, cuya casa estuvo allí. Todo un escenario para las conjuras de la corte de Felipe II
La calle hoy
La primera parte del codo, la que sale de Mayor mide apenas treinta y seis pasos. Un rincón dónde los motoristas suelen aparcar en la que sobre salen las ruinas de la antigua iglesia de la Almudena, y sobre todo “El vecino curioso”, una escultura en bronce que representa a un hombre con gorra que admira los restos de la iglesia apoyado en la barandilla. Si uno permanece un buen rato observando de lejos podrá apreciar como muchos son los turistas que pasan de largo los restos arqueológicos para fotografiarse con el curioso vecino.
En el corto tramo de calle encontramos detalles llamativos que merecen un rato de nuestra atención, como los peculiares desagües de los edificios o el aristocrático almohadillado del garaje que allí se encuentra. Todo un catálogo de detalles comprimidos.
Andados los treinta y seis pasos desde Mayor nos encontramos el césped que bordea Bailén y a mano derecha un jardincillo dónde hubo un gran abeto que tenía el busto de Larra.

Alex en El Anciano rey de los vinos | LUIS DE LA CRUZ
En la calle de la Almudena, haciendo esquina y escuadra está El anciano rey de los vinos, una de las tabernas decanas de Madrid. En la parte de codo, la que se abre al Madrid palaciego, encontramos una terracita llena de turistas y un interior de techos altos donde curiosamente predomina el paisanaje nacional. Alex, que regenta el bar, nos cuenta que su cliente estrella es “el turista madrileño”. Nos hace notar que el bar no tiene tragaperras ni tele. Lo importante es la conversación.
El anciano rey de los vinos, con cien años a sus espaldas (este año se esperan actos de celebración) ha mantenido el nombre y sus tradicionales pestiños, torrijas y vino dulce durante décadas, sólo durante la república tuvo que reconvertirse en El anciano de los vinos a secas. Cosas de lo políticamente correcto.
La mujer de Alex, Belén Cortés ha heredado el negocio familiar de Constancio, su padre, que se jubiló hace seis años después de más de cuarenta de llevar el local. Entre los dos poco a poco van incorporando cositas nuevas al Anciano – como los huevos rotos eróticos – aunque sin tocar la esencia que ha hecho de la taberna una de las más reconocidas de la capital.















