El mercado de San Miguel, historia forjada en hierro

El mercado durante la guerra | ARCHIVO ROJO
Ningún sitio en Madrid guarda la esencia de la arquitectura madrileña como el entorno de los Austrias, y sin embargo allí se encuentra una de los pocos ejemplos de arquitectura del hierro con que cuenta la capital, integrado en paz y armonía con el entorno: el mercado de San Miguel.
El mercado, que recientemente ha reabierto sus puertas al público, lleva en la Plaza de San Miguel desde 1916, año en que abrió sus puertas. Se construyó por iniciativa privada, Honorio Riesgo y Alejandro Villegas fueron los impulsores del proyecto y alquilaron los puestos a los antiguos vendedores del mercado al aire libre. Durante la guerra el mercado cerró sus puertas y hasta que no pasó lo peor de la posguerra, en 1947, no volvieron a abrirse sus puestos, esta vez ya en propiedad de los vendedores.
Después de una importante reforma en 1999 que no lo salvó de la crisis del pequeño comercio este año ha reabierto tras otra metamorfosis que pretende trascender el papel del mercado tradicional. Con un ojo en la Boquería y otro en los centros comerciales pretende convertirse en referencia del turismo y el ocio en el centro. Veremos si lo consigue.
Antes del mercado
En el lugar que ocupa hoy estuvo la parroquia de San Miguel de los Octoes, que ya se menciona en el Fuero de Madrid de 1202 y lugar donde se bautizó Lope de Vega. Los Octoes eran la familia que transformó la iglesia en parroquia, no se trata del apellido de ningún Miguel.

Puesto de Lonxanet en el mercado
Toda la zona fue pasto de las llamas en el incendio de la Plaza Mayor en 1790 y aunque la iglesia subsistió en mal estado un tiempo, fue derribada en 1804 junto con otros dos inmuebles, abriendo sitio al mercado al aire libre. Eran los años de José Bonaparte, llamado “Pepe Plazuelas” por su afán por hacer sitio en el ya entonces constreñido plano madrileño.
De un Madrid de mercados abiertos a un Madrid de mercados.
No hace tanto tiempo que un mercado madrileño era un solar con cajas sobre el pavimento y el género en la calle, pero poco a poco las autoridades fueron tomando conciencia de salud pública y decidieron regular la venta callejera y dotarla de lugares acotados con condiciones adecuadas para la comida.
En la década de 1870 se empiezan a construir los primeros mercados, son los antecesores de hierro del de San Miguel, y ninguno de ellos se conserva ya. El de los Mostenses, el de la Cebada, el de Chamberí y el de la Paz. A pesar de esto la mayoría de mercados siguieron en las plazas durante el resto del siglo. En la II República se impulsaría un Plan General de Mercados construidos principalmente en hormigón y en general es el siglo XX el que termina de rodear al comercio de paredes.
Un mercado de hierro
El arquitecto del proyecto fue Alfonso Dube y Díez, que sin duda tenía en mente ejemplos del París de la época. En Madrid es rara avis, tendríamos que ir al Retiro para encontrar– el Palacio de Cristal – a un primo del mercado de San Miguel. Destacan de su construcción los soportes de hierro fundido y su acristalamiento, aunque hay que decir que este es posterior.
En sus tiempos el mercado tenía dos plantas, pero en la actual versión encontramos un mercado de techos altos de un solo cuerpo. Un espacio muy amplio y diáfano.
¿Es el mercado un mercado?
No pocas voces critican la transformación del mercado por considerar que se pierde la esencia de lo que le nombra: pocos puestos, mucho espacio para alternar (de hecho la zona central cierra algunos días a las dos de la madrugada), y calidades de sibarita con precios en consonancia. Pocos carros de la compra y muchos turistas.
Los defensores del proyecto sin embargo aluden a la calidad de los productos de temporada y la inviabilidad del mercado en su anterior versión.
Se trata en cualquier caso de un punto de interés artístico ineludible en la zona que de una manera u otra necesita llenarse del murmullo de la gente para estar completo.















