Santa Clara, última morada de Larra
Santa Clara avanza desde la plaza de Santiago hasta Vergara y en su camino se le cruza la calle de la Amnistía.
El nombre
Casa Marta| L.C.
No pregunten las razones pero la calle tuvo en algún momento la denominación de calle de los Salvajes. Un bonito nombre. Lo de Santa Clara sí tiene un origen evidente, el convento del mismo nombre que hubo allí hasta que en el reinado de José Bonaparte se mandó derribar. Fue en ese momento también cuando dejó de llamarse Ancha de Santa Clara: la Angosta de Santa Clara dejó de existir y ya no tenía sentido completar el duo.
La calle antes…
El convento se fundó en tiempos de Enrique IV en el siglo XV y fue el primero que se estableció dentro del perímetro de la muralla. En el número cuatro de la calle, a la altura donde hoy hay un aparcamiento de bicicletas, hay una placa que recuerda que allí estuvieron las casas de los Álvarez de Toledo, residieron los Trastámara y el condestable Álvaro de Luna. Importantes apellidos que dejan constancia de un momento en el que la corte castellana volvió la cabeza hacia Madrid.
Sin embargo, si en alguna ocasión Santa Clara ha salido en los papeles ha sido en los días de febrero de 1837, cuando Larra se quitó la vida de un disparo en el número tres. Una gran placa de piedra con su busto semi oculta por las ramas de un árbol recuerda que allí vivió Fígaro. Desde allí escribió sus últimos artículos satíricos. En ese mismo inmueble hubo también en el XIX una casa de Baños, de la Estrella, muy conocida en todo Madrid.
Luis, que ya cuenta ochenta años, nos cuenta que nació en el barrio. Lo mismo que su mujer y que la madre de su mujer. Se muestra orgulloso de aquellas calles que cree “las más bonitas de todo Madrid” y que afirma “ha cambiado mucho en los últimos tiempos pero sin perder su solera”.
De toda la vida recuerda los Coloniales que había en la esquina con Amnistía, Casa Marta y el bar la Cruzada, si bien antes no estaba ahí sino precisamente en la calle Cruzada.
…y la calle ahora.
Los viejos ultramarinos | L.C.
En los viejos coloniales a los que aludía Luis, a medias entre Amnistía y Santa Clara, hay hoy lo que parece un estudio de arquitectura, pero sus nuevos moradores han conservado los imponentes portones de madera y lo que queda de los rótulos antiguos. Un comercio imponente cuya apariencia sólo queda manchada por algunas pintadas. Justo en frente el bar la Cruzada.
En el número 10, en casa Marta, han dado comidas desde 1925, aunque sus actuales dueños nos cuentan que “sólo” llevan allí veinte años. Se trata de uno de esos establecimientos acogedores que hacen honor al antetítulo de “casa”. Sus mayores méritos las albóndigas de mero y unas ricas torrijas que tienen durante todo el año.
A Santa Clara le falta arrogancia para reclamar su importancia, es una callecita modesta en un entorno imperial que sin embargo, como hemos visto, también encierra su historia.















